Abasto. /El Cronista del Amor

Escena: Llueve torrencialmente en los alrededores del Abasto Shopping. Algunas luces en las calles comenzaron a encenderse a pesar de que apenas son las seis de la tarde, tiñendo de naranja el frío asfalto. No hay muchos valientes caminando por la Avenida Corrientes, salvo unos pocos obligados a buscar llegar a la entrada del subterráneo o esperando un colectivo que se hace rogar. Un plano congela la entrada del shopping a través de una cortina de agua, como si fueran miles de hilos blancos colgados del cielo. Otro plano enfoca las farolas naranjas, brillando más allá del gris plomizo. 

De repente la imagen se mueve vertiginosamente, fuera de foco, captando rostros al azar. La chica con los rulos cayéndole sobre la frente, el oficinista molesto por mojar su traje, el muchacho ajeno a todo con sus auriculares gigantes. Miradas perdidas, expresiones algo lejanas, alguna risa que no va demasiado bien con el ambiente general, se suceden una detrás de otra.

Y todo se vuelve a detener, en un ventanal del Starbucks que da a la calle Anchorena. Un joven, no tan joven como indica su edad real, con ojos tristes y un café a medio terminar frente a el, mira a través del vidrio la lluvia. En la mesa hay un anotador abierto con algunas frases sueltas, pero sobre todo muchas cosas tachadas casi con furia. Toma el vaso y da un largo trago de café. 

Primer plano a su rostro, cerca, cada vez más cerca, como si la cámara intentara entrar en su cabeza.

Pensamientos, voz en off.


Joven: “Otra vez un callejón sin salida. Las palabras no están siendo muy amables conmigo. «Escribí una historia de amor» me pidió el muy hijo de puta. Como si fuera tan fácil, encontrar el nervio exacto que haga que el día de mañana esa historia enamore a tantas personas como páginas va a tener mi libro. No, definitivamente no, ni siquiera uno las puede elegir, ellas son las que, cual musas de la antigua Grecia, nos elijen y nos caen encima como la lluvia que moja ahí afuera. Escribir una historia de amor, bah, vivir una historia de amor que merezca ser escrita y compartida para siempre, para que un día alguien la encuentre en unas hojas amarillas o la escuche de boca de algún viejo sabio cuando los seres del futuro pregunten qué era eso que tenía a los antiguos seres humanos cometiendo locuras aquí y allá. Porque si, vamos rumbo a eso, a olvidarnos del amor, como nos olvidamos de tantas cosas en este camino hacia el futuro, hacia el porvenir. ¿Será ese mi destino? ¿Un cronista del amor? Más allá del cliché, una tarde de lluvia con la compañía de un café es el momento perfecto para esta clase de epifanías. Una ciudad como Buenos Aires respira amor, late amor, y alguien tiene que encargarse que ese amor no muera, y si realmente puede morir, que al menos no sea olvidado. Un cronista de las historias de hombres y mujeres que salvan su vida todos los días usando su corazón como el arma más poderosa. Un cronista del amor”.


El muchacho sonríe y sin mirar a nadie ni nada en particular, recorre con sus ojos el interior de Starbucks, consciente de que ninguna otra persona sabe acerca de sus pensamientos. Se pone de pie, toma su pequeño cuaderno, y sale a enfrentar las gotas que cada vez son menos y más pesadas. No deja de sonreír.



Línea A - Estación Perú

Escena: Plano fijo del andén, en el centro un banco típico de las estaciones de subterráneo. De fondo, el cartel color celeste con letras blancas que indica “Trenes a Carabobo”. A su izquierda, una balanza antigua color dorado (seguramente es de principios de siglo, cuando se inauguró la estación) y en la derecha hay un gigantografía que retrata a pasajeros esperando el viejo tren. 

Es un sábado por la mañana, no hace mucho abrieron las estaciones. Este tipo de horario abunda en amanecidos escapando de bares rumbo a sus hogares y otros poco menos afortunados que comienzan su rutina laboral o estudiantil.

Sentada en el banco, hay una chica. Aproximadamente veinte años, ninguna seña particular que se destaque. Parece triste, aunque está concentrada en el libro abierto que sostiene. Como un monumento al cliché, es Cortázar. Más precisamente “Historias de Cronopios y Famas”. Espera el primer tren que viene desde Plaza de Mayo, pero (ella no lo sabe) aún no ha salido. De todas maneras no parece importarle.

Es la única persona en el andén, hasta que hace su aparición por el costado derecho del plano un muchacho, vestido con camisa y unos jeans bastante nuevos al menos en apariencia. Evidentemente acaba de salir de alguno de los bares de la zona, la estación se ubica en el límite de San Telmo. 

Toma asiento en el otro extremo del banco y mira a la chica, que no parece notar su presencia. Lo que él si puede notar es el título del libro. 

Primer plano al rostro del muchacho. Sonríe.

Primer plano al rostro de ella. Ningún signo salvo su mirada de concentración.

(Pasan unos cinco minutos)

El: - Disculpame…¿te puedo hacer una pregunta? ¿Hace mucho estás esperando el subte?

Ella: - Unos diez minutos supongo, ya debería estar acá. Es raro. 

Vuelve a mirar el libro

El: Perdón que te moleste de nuevo, pero ese libro que estás leyendo es uno de mis favoritos. 

Ella lo mira brevemente, le sonríe y vuelve a leer. Otros cinco minutos en silencio, brevemente interrumpidos por un empleado que cruza todo el plano con una escoba en la mano. 

El: ¿Vos sos un cronopio?

Ella: ¿Qué?

El: Digo…si te considerás uno, o tal vez una Esperanza. Definitivamente no sos una fama.

Ella (riendo): ¿Cómo estás seguro que no? 

El: No estarías leyendo ese libro, en primer lugar. Y además, tu bolso, tus zapatillas, ese gorro tejido con muchos colores…no, definitivamente sos una cronopia hecha y derecha.

Ella: No tenés cara de leer a Cortázar, es más, por cómo estás vestido y el olor a cigarrillo que tenés podría jurar que estuviste hasta recién adentro de algún bar, es más, si recién a esta hora venís a tomar el subte es porque te quedaste hasta que cerraron.

El: Una cosa no tiene nada que ver con la otra señorita, vamos, no seas prejuiciosa. Y si, es más, reconozco estar algo ebrio. Pero los borrachos no mienten. 

Ella: Podés recordar los personajes principales de un libro que leíste, guau, esa es toda una habilidad para mantener cuando te pasás con las cervezas.

El la mira con una expresión risueña, y algo avergonzada, como si lamentara encontrarse en ese estado justo en el momento de conocerla. Ella nota esto último, es bastante perspicaz leyendo los gestos de las personas. 

El: Perdón por estar volviendo a mi casa mientras vos vas a…la facultad?

Ella: Si, aunque a este ritmo voy a llegar tarde. Nunca deja de sorprenderte este servicio.

Se oye el ruido de vagones a lo lejos.

El: Bueno, ahi viene parece. Tenés suerte, cronopio.

Ella sonríe, sincera. Es la primera vez que un desconocido se pone a hablarle en un lugar así, y ella que creía que estas cosas solamente pasaban en las películas. Además, aún con el pelo algo despeinado y los ojos claramente enrojecidos, es muy lindo. Se acerca al andén y observa que el muchacho sigue cómodo en el banco.

Ella: ¿No subís?

El: No, mejor espero un rato, puede que en una de esas algún amigo venga y viajemos juntos.

Él se ríe, y la saluda agitando un pañuelo imaginario. 

Ella sube al tren y se pierde en el túnel rumbo a Estación Carabobo. El muchacho se queda riendo y pensando en lo que acaba de pasar. 

Una voz en off:

“Muchas veces la vida es eso, un encuentro casual en cualquier lugar. Y quizás mientras nos sucede nosotros, conscientes de lo que pasa, imaginamos muchas situaciones con posibles finales. Intentamos darle futuros múltiples a ese presente, sin reparar que lo que tiene pasar viene escrito. ¿Podrían haberse ido juntos en ese tren y seguir hablando de Cortázar? Tal vez. ¿Podrían haberse quedado los dos en ese andén toda la mañana? También. Pero ella se fue, y el se quedó. Y eso está bien, aunque nosotros estemos acostumbrados al final feliz. Porque este tampoco fue un final trágico, simplemente fue un final. Y en la vida, eso pasa todo el tiempo”.